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Carta a una perra
  
Anónimo
   Después de casi un año de compartir mi vida contigo (nos conocimos justo después del Hay Festival del año pasado) tengo que decirte que mi existencia ha dado un giro radical en este tiempo. Contigo, querida Lina, he aprendido mucho acerca de la tolerancia y la paciencia, de la entrega y la disciplina, del desprendimiento y la lealtad, de la ternura y la nobleza, del poco valor de las cosas materiales y de lo impagable que es una buena compañía; sin articular una sola palabra, me has dado hermosas lecciones.

Lo más probable es que no leas esta carta, pero me sentí en la obligación de escribirla porque cada año, por esta época, se me alborota un sentimiento de solidaridad con muchos seres que, siendo casi de nuestra misma especie, no corren con la gran suerte que tuvimos tú y yo desde cuando nuestras vidas se cruzaron.

A tu tierna edad no tienes por qué saber que por estos días se celebran en diversas ciudades del país unos mal llamados festejos, en los cuales la diversión principal consiste en humillar, torturar y finalmente matar media docena de toros, en medio de los aplausos y la euforia de una multitud irracional.

Quienes insisten en llamar ‘arte’ a ese espectáculo grotesco y deprimente dicen que los demás no entendemos y que el toro de lidia se siente orgulloso de morir en franca lid en una plaza, en vez de caer sacrificado en un matadero. Mentira. Es probable que yo no entienda algún cuadro abstracto de Miró o no sepa interpretar una pintura de Pollock, pero para mí es perfectamente clara la crueldad con que los picadores puyan a los toros en el lomo hasta hacer sangrar su piel desgarrada. O la clavada infame de media docena de banderillas en el dorso del indefenso animal. Si a ti, mi fiel compañera, te molesta que yo a veces te reprenda con un periódico, imagínate lo que puede sentir un toro agredido de tal manera.

Y el final de la función no es tampoco el más amable. Después de que el pobre animal ha sido vapuleado al son de aclamaciones, gritos y fanfarria, ese mismo hombre que lo ha humillado durante media hora atraviesa su cuerpo con una espada de acero, ante un público que entra en éxtasis mientras el toro cae moribundo en un charco de sangre. La adrenalina del horror.

Dicen que el desarrollo de una sociedad se mide por el trato que les da a sus miembros más vulnerables. Y si en un país como el nuestro la brutalidad que se inflige a estos animales regocija a tantos y es indiferente para muchos otros, el diagnóstico no es muy alentador.

Perdóname, querida Lina, por interrumpir tus juegos con estas reflexiones tan brutales, no pretendo empañar tu inagotable alegría canina; pero debes saber que al verte a ti, muchos toros quisieran llevar una vida de perros. 

http://havladdorias.blogspot.com