Para Janner Vargas, la ilusión de tatuarse el nombre de su mamá siempre lo emocionaba. Sin embargo, todos sus ánimos se desvanecieron en marzo de 2020, luego que la pandemia de la COVID-19 pusiera en jaque al mundo.
La sola idea de contagiarse del letal virus y ser intubado, o aún peor, morir, eran más fuertes que las ganas de tatuarse. Había ahorrado dinero para ir a un buen lugar, pero, consideraba que la mejor decisión era esperar a que la pandemia fuera un mal recuerdo. Los meses pasaron para este cucuteño de 32 años, y en el baúl de los recuerdos fue guardando los diseños que había elegido para inmortalizar en su piel.
Muchas dudas inundaron su cabeza, al enterarse que varios negocios de tatuaje de Cúcuta habían abierto sus puertas. El miedo, el confinamiento, los riesgos... No eran algo que le permitieran tomar una decisión a la ligera.