En la Cúcuta de los años 30 cuentan que el diablo, ufano, se paseaba por muchos lugares tentando a quienes se apartaban de los cánones cristianos y las sanas costumbres para tomar su alma y llevarla al averno.
Uno de los sitios preferidos era el bar King Kong, en el mirador occidental de la apacible y recatada ciudad, al que acudían señores y señoritos de prestantes familias cucuteñas a derrochar plata en putas y copas, en interminables farras que veían la luz del nuevo día.
El lugar era frecuentado por comerciantes, petroleros, empleados de las compañías del ferrocarril y el tranvía, algunos funcionarios de los poderes local y regional, infaltables especímenes de la fauna política, contrabandistas de café y forajidos de bien ganada reputación, que se codeaban con lo graneado de esa parte de la sociedad que acude a lugares de lenocinio.
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