En el momento en que Alexandra* se subió a su moto y se ajustó el casco supo que no había marcha atrás. Eran las cinco de la mañana y todavía estaba oscuro. Se giró rápidamente para ver a su acompañante, Catalina*, una niña de 14 años.
Catalina usualmente se vestía con ropa ajustada y dejaba su cabello largo suelto, pero esa madrugada tenía puesta una camisa de hombre que le quedaba muy grande, una gorra que le ocultaba el pelo y un tapabocas que le cubría la mitad del rostro; para sus familiares y amigos habría estado irreconocible.
Si quieres tener acceso ilimitado a toda la información de La Opinión, apóyanos haciendo clic aquí: http://bit.ly/SuscripcionesLaOpinion