Luego de presentar su renuncia ante una embotelladora en Venezuela, Manuel Marcano decidió ir a visitar a su familia en Bogotá con la firme intención de quedarse. Logró cruzar la frontera en Villa del Rosario y tomó un bus hasta Bogotá, allí se consiguió con su hija. Los planes eran buscar trabajo y ayudar a pagar el apartamento que arrendaban en el occidente de la capital.
Todo marchaba bien. Manuel consiguió cargo como administrador de una panadería. Con ese sueldo podría ayudar entonces a conseguir una mejor vivienda. Pero el simple hecho de ser venezolano le trancó muchas veces las puertas. “Llamé varias veces pidiendo información de apartamentos y cuando escuchaban mi voz, con el acento venezolano de una se negaban y colgaban”, expresa Marcano.
Con ese inconveniente encima lidiaba, el tiempo se agotaba ya que del sitio que habitaba junto a su hija y el yerno debían desalojar porque se vencía el contrato y no sería renovado. “Nos pidieron dos meses de depósito, es decir, debíamos darle 1 millón 400 mil pesos que no teníamos”, agrega. Entonces a la carrera siguió la búsqueda, pero casi todos presentaban muchos recaudos que para los ciudadanos venezolanos, en muchas ocasiones es un reto. “¿Por qué es tan difícil arrendar aquí?, no entendemos por qué piden tantas cosas”, dijo.