Esta es la historia de un campesino nuestro, de un colombiano más víctima de la violencia, quien en un largo proceso de restitución de su finca que un día le arrebataron a la fuerza, se murió por el dolor del desarraigo, lejos de la que tanto le costó construir.
A la tumba se llevó el sueño de dejar como heredad a su prole la parcela que fue su motivo de orgullo, en la que puso todo el empeño y esfuerzo para lograr el mayor provecho en cada metro de suelo, en cada hectárea sembrada de arroz o pasturas para el ganado, porque allí estaba representado su pasado, su presente y su futuro, uno bueno, el que siempre quiso para su esposa y los cuatro hijos.