Se escuchaba en las laderas el canto contagioso de las recolectoras de café, venidas de diferentes regiones, trashumantes como los hombres, que buscaban coloca en las fincas de Durania, donde ofrecieran mejor paga y abundante comida, aunque la ración diaria fuera la misma todos los días: changua, arepa de maíz pilado y café negro al desayuno, guineo ‘chocheco’ y carne salada al almuerzo, con guarapo fuerte para refrescar el paladar, la que se repetía a las 5:30 de la tarde, hora de comer, siempre en el patio principal de la finca Hato Viento, espacio de encuentro de los jornaleros.
Ese momento de la puesta del sol era mágico, justo cuando empezaba a anochecer lo aprovechaba uno que otro obrero para ‘echarle el cuento’ a la muchacha que lo atraía y con quien en medio de los cafetales había intercambiado una mirada y quizá alguna sonrisa, conquistas furtivas en plena cosecha.
Los enamorados se replegaban un poco de sus compañeros para una plática más íntima, mientras los viejos fumaban tabaco y tomaban aguardiente ‘cachicamo’, trayendo a la memoria historias de luchas, amores y de espantos, aprendidas de sus mayores durante cosechas legendarias, cuando apenas eran unos niños de tapar con canasto.