En los rostros de los damnificados de la avalancha del río Tarrita se refleja la impotencia en toda su expresión. Un rato bajan lágrimas raudas por sus mejillas, otro tanto dejan al descubierto una tristeza profunda, lánguida, abatida, que los consume en un mar de incertidumbre de la que aún no se reponen.
Es fácil identificarlos caminando cabizbajos, algunos por el terraplén de lodo y piedras en que quedaron convertidos los caseríos y cultivos, otros, sentados, pensativos y con mirada profunda sobre los escombros que dejó esparcidos la feroz avalancha que el pasado 31 de mayo los tomó por asalto cuando dormían.