Luiz Lustosa quita la tapa de una caja de madera y la reacción es casi inmediata. Desde dentro de pequeños cráteres de cera brotan miles de abejas mandaguari y vuelan formando una nube que lo envuelve.
"¡Qué maravilla!", dice este empleado público de 66 años que en su tiempo libre se dedica a reproducir abejas nativas, una actividad que cada vez gana más interés en Brasil por su potencial en la alta gastronomía y un uso muy incipiente en la industria cosmética y el desarrollo de medicamentos.