Los jóvenes de ahora poco conocen los teléfonos fijos que fueron tan importantes para las pasadas generaciones, muchos incluso nunca han levantado un auricular y discado un número en esos aparatos que parecen piezas de museo.
Sin embargo esos nobles aparatos continúan allí como testigos de tiempos pretéritos, sin aspaviento alguno, pese a haber sido cómplices y actores principales de encuentros, de grandes amores, de decisiones trascendentales que han cambiado la historia individual o de un colectivo, de buenas o malas noticias que había que darlas a pesar de las consecuencias. En fin de todo lo que aportaron a quienes tuvieron el privilegio de tenerlos en las oficinas, negocios o la intimidad de sus hogares.
Los teléfonos fijos no quieren dar el brazo a torcer, pioneros como fueron de las comunicaciones por voz, pese a la competencia fuerte de sus pares modernos, los móviles o celulares, tan engreídos porque la tecnología los dotó con múltiples aplicaciones y usos: videollamadas, videoconferencias, mensajes de voz, texto, dispositivos para juegos, videos, música, noticias, cámara fotográfica, consultar el estado del clima, saber la hora y más importante, llevarlos a todas partes como un órgano más del cuerpo humano.